Cuando la ira toma el control, la tragedia comienza

Recientemente tuve contacto con dos reportajes que me impactaron profundamente. El primero relataba el caso de un médico que, tras una acalorada discusión, quitó la vida a dos colegas de profesión. El segundo informaba que un síndico había asesinado a una agente inmobiliaria dentro del edificio donde residía.

¿Cuántos incidentes podrían haberse evitado si las personas lograran dominar su propia ira? Obsérvese que, en uno de los casos, se trataba de médicos: personas que pasaron por la universidad, se graduaron, hicieron el Juramento Hipocrático* y comenzaron a ejercer su profesión. Parte de este juramento consiste en “guardar el máximo respeto por la vida humana”.

Por alguna razón —que puede estar relacionada con la ambición, la ira, la carga laboral excesiva, el estrés, el descontrol emocional, entre otros factores— estos profesionales iniciaron una discusión. Se encontraban en un restaurante y, en determinado momento, uno de ellos, al perder el control, disparó contra la vida de otros dos colegas de profesión.

El desenlace podría haber sido completamente diferente si cada uno hubiera logrado controlar su ira. Tal vez habría bastado con salir del lugar, ignorar los insultos, actuar con humildad o simplemente dejar pasar el problema. Sin embargo, las consecuencias fueron devastadoras y visibles: vidas perdidas, hijos que quizás quedaron huérfanos de padre, una esposa viuda, una madre llorando la muerte de su hijo y otra persona encarcelada, dejando a su familia desamparada. ¡Qué tragedia! Todo esto podría haberse evitado si la ira hubiera sido controlada.

El segundo caso también podría haberse evitado. Aunque no conocemos con exactitud los motivos que llevaron a esta tragedia, es posible comprender que cuando una persona aprende a controlar su ira, evita problemas graves en su vida. Hay personas más propensas a airarse, permitiendo que la ira las domine. En estos casos, es fundamental llevar esta situación en oración delante de Dios, con humildad, pidiéndole que libere a la persona del orgullo y de este problema.

Al orar, sea sincero con Dios acerca de la rabia y la ira que hay dentro de usted y que intentan controlarlo. Entréguelo todo a Dios, sin vergüenza. Además de la oración, es necesario practicar la Palabra que dice: “Niéguese a sí mismo”. Cuando se sienta provocado, cree un espacio entre la provocación y la reacción. Piense antes de responder, respire profundamente y procure no tomarse las cosas de manera personal.

En este punto, sugiero la lectura del libro “Comunicación No Violenta”, de Marshall Rosenberg, una excelente herramienta para aprender a apaciguar los conflictos por medio de la comunicación. Finalmente, si percibe que necesita ayuda, no dude en buscarla: acuda a un profesional del área de la salud mental, como un psicólogo, terapeuta o consejero; busque también el apoyo de un líder espiritual e infórmese sobre este tema.

No permita que la ira lo domine. La vida vale la pena ser vivida de la mejor manera posible.

Un abrazo,
Priscila Leal

Juramento Hipocrático:

En el momento de ser admitido entre los miembros de la profesión médica, me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la humanidad.

Conservaré a mis maestros el respeto y el reconocimiento del que son acreedores.

Desempeñaré mi arte con conciencia y dignidad. La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones.

Respetaré el secreto de quien haya confiado en mí.

Mantendré, en todas las medidas de mi medio, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica. Mis colegas serán mis hermanos.

No permitiré que entre mi deber y mi enfermo vengan a interponerse consideraciones de religión, de nacionalidad, de raza, partido o clase.

Tendré absoluto respeto por la vida humana.

Aún bajo amenazas, no admitiré utilizar mis conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad.

Hago estas promesas solemnemente, libremente, por mi honor.

Referencia: https://www.fundacionei.org/juramento-hipocratico-fundacion-ei/

Libro mencionado en el texto