La sexualidad en el matrimonio: libertad, límites y principios bíblicos

Quiero comenzar este texto destacando la importancia de «hablar de todo». Cuando un determinado tema no puede ser hablado, discutido o conversado, es señal de que allí no hay luz. Y es precisamente en las tinieblas donde Satanás reina. Un ambiente donde no hay incidencia de luz solar se vuelve propicio para la proliferación de virus y bacterias. Puedes comprender, por lo tanto, la importancia de arrojar luz sobre todos los temas.

Muchas personas pueden sentirse avergonzadas cuando abordamos determinados asuntos, pero la vergüenza nunca ha resuelto problemas reales. Muy por el contrario, a causa de ella, muchas personas han estado padeciendo en su espíritu y en su cuerpo.

Es precisamente en este sentido que quiero tratar el tema de las prácticas y los límites sexuales a la luz de la Santa Biblia. Cuando hablamos de sexo, estamos hablando de algo bueno, creado por Dios para la satisfacción de sus hijos. Sin embargo, Satanás intervino y distorsionó el sexo. Aquello que fue creado para ser bueno, placentero y santo pasó a convertirse, en muchos contextos, en algo aberrante, desordenado y cruel.

Algunas personas pueden abordar la cuestión sexual de una manera extremadamente «santa», hasta el punto de que la pareja no logra experimentar una satisfacción adecuada. Esto sucede, muchas veces, porque uno de los cónyuges es extremadamente cerrado, reservado o limitado; alguien que parece no permitir que el otro se acerque. Esta actitud termina deteriorando la vida sexual de la pareja y, como consecuencia, muchas veces, el propio matrimonio.

Por otro lado, el sexo también puede transformarse en un espacio de libertinaje, sin restricciones ni límites, causando graves daños en la vida de las personas involucradas.

Es necesario encontrar un equilibrio en esta cuestión.

Principios que debemos aplicar

1. Amor al prójimo

Uno de los principios fundamentales establecidos por Dios en Su Santa Palabra es el amor al prójimo. Amar significa respetar, honrar y considerar a la persona que tenemos delante. Esto también se aplica a la vida íntima de la pareja. Nada debe hacerse por la fuerza, mediante coacción o manipulación de uno de los cónyuges. El amor verdadero no impone, no intimida ni falta al respeto. Por el contrario, busca el bienestar del otro.

2. Prácticas que causen daños físicos, humillación o violencia

He escuchado testimonios de mujeres cuyos esposos deseaban practicar sexo anal. Es importante aclarar, especialmente entre los cristianos, que esta práctica puede ocasionar daños físicos y emocionales a la persona que la recibe. Hay estudios que señalan una asociación entre la práctica del sexo anal y los problemas de incontinencia anal, habiéndose identificado la presencia de esta condición en el 62 % de los casos estudiados.*

Además de los posibles daños físicos, es necesario considerar también los aspectos emocionales y espirituales involucrados. Ninguna práctica sexual debe provocar degradación, humillación o sufrimiento en uno de los cónyuges.

La Biblia nos presenta un principio importante en Hebreos 13:4:

«Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios».

Cuando el texto bíblico habla del lecho sin mancilla, nos llama la atención sobre la necesidad de preservar la pureza y la santidad de la intimidad conyugal. Es posible que una pareja participe en diversas actividades religiosas, asista a la congregación, evangelice, comparta el amor de Dios y mantenga la fidelidad matrimonial y, aun así, esté descuidando principios bíblicos en la manera en que vive su intimidad.

Debemos tener mucho cuidado de no considerar correcto todo lo que sucede dentro del matrimonio simplemente porque existe un vínculo matrimonial. El matrimonio no convierte automáticamente cualquier práctica en algo aceptable. La intimidad también debe vivirse con respeto a los principios de Dios.

3. Exclusividad

Puede parecer redundante abordar este principio, pero es necesario, especialmente porque existen religiones y culturas en las que la poligamia se practica y se presenta como algo normal.

Desde el libro de Génesis encontramos el principio de exclusividad en la relación matrimonial. Dios creó a Eva para Adán. No creó varias Evas para Adán, ni varios Adanes para Eva. La monogamia es un principio claramente presente en la tradición judía y cristiana.

La propia fe cristiana es monoteísta y enfatiza la adoración a un único Dios. A lo largo de toda la Biblia encontramos la fidelidad como un valor importante. Dios demuestra apreciar la fidelidad y la exclusividad, tanto en la relación del ser humano con Él como en las relaciones matrimoniales.

Por lo tanto, la exclusividad no debe considerarse únicamente como una exigencia matrimonial, sino como un principio que expresa compromiso, fidelidad y respeto hacia el cónyuge. Es importante prestar atención a este aspecto.

4. Consentimiento mutuo

El principio del consentimiento mutuo también debe ser valorado en la vida matrimonial. Existen diversas prácticas que pueden vivirse dentro del matrimonio sin que necesariamente constituyan pecado y que pueden proporcionar satisfacción a la pareja. Sin embargo, algunas de ellas pueden generar incomodidad, vergüenza o resistencia en uno de los cónyuges.

En esas situaciones, aunque no exista una prohibición bíblica específica respecto de determinada práctica, es fundamental considerar la voluntad y los sentimientos del otro. El diálogo, los acuerdos y el respeto mutuo deben orientar las decisiones de la pareja sobre aquello que puede o no formar parte de su intimidad.

El hecho de que una práctica sea aceptable para uno de los cónyuges no significa que deba imponerse al otro. Lo importante es que ambos se sientan respetados, considerados y cómodos, preservando el amor, la confianza y la honra dentro del matrimonio.

Consideraciones finales

A la luz de todo lo que hemos presentado, necesitamos comprender que la vida sexual dentro del matrimonio no debe estar guiada únicamente por los deseos individuales, las preferencias personales o aquello que la sociedad considera normal. También debe estar orientada por los principios establecidos en la Palabra de Dios.

El matrimonio no es un espacio en el que uno de los cónyuges pueda hacer todo lo que desea simplemente porque existe un compromiso matrimonial. De la misma manera, tampoco debe ser un ambiente de represión, miedo, vergüenza o ausencia de diálogo. Dios no creó la intimidad conyugal para que fuera motivo de sufrimiento, incomodidad o distanciamiento, sino para que se viviera con amor, satisfacción, complicidad y respeto.

Es importante que el esposo y la esposa comprendan que la sexualidad también forma parte de la construcción de un matrimonio saludable. Por eso, hablar de ella no debe ser motivo de vergüenza. Por el contrario, el diálogo permite que ambos expresen sus necesidades, compartan sus dificultades, establezcan límites y encuentren caminos para fortalecer su intimidad.

También debemos tener cuidado de no convertir nuestras preferencias personales en mandamientos bíblicos, ni utilizar la libertad cristiana como justificación para prácticas que contradigan los principios de Dios. Es necesario distinguir entre aquello que la Biblia condena, aquello que permite y aquello que debe evaluarse con sabiduría, amor y consideración hacia el otro.

No podemos olvidar que el amor es el principio que debe orientar todas nuestras actitudes. Si una práctica provoca sufrimiento, humillación, violencia o falta de respeto, debemos reflexionar seriamente sobre ella. La intimidad matrimonial no puede construirse a costa de la dignidad de uno de los cónyuges.

El propósito de este texto no es estimular la curiosidad, promover discusiones innecesarias ni establecer reglas humanas sobre cada detalle de la intimidad de la pareja. El objetivo es arrojar luz sobre un tema que muchas veces permanece oculto, ofreciendo principios para que el esposo y la esposa puedan vivir su sexualidad con conciencia, libertad responsable y fidelidad a la Palabra de Dios.

Que nuestros matrimonios sean espacios donde exista libertad para conversar, seguridad para expresar sentimientos, disposición para comprender al otro y compromiso de honrar a Dios en todas las áreas de la vida, incluida la intimidad.

Después de todo, una sexualidad saludable no es aquella en la que todo está permitido, ni aquella en la que todo está prohibido. Es aquella en la que el amor, el respeto, la fidelidad y los principios de Dios encuentran su lugar para orientar la vida de la pareja.

Abrazos,

Priscila Leal